Sentado al pie del Trono del Diablo
observo la vida que me
rodea,
el abismo que tan bien me conoce,
las tinieblas que son mi esencia
y de
las que hablo en noches como esta.
Escucho como susurra en mi oído,
recordándome todo aquello
que he vivido…
Me guía,
con sus sabias palabras desafía
a la razón y me aconseja
cual debería ser el siguiente paso en esta,
mi oscura senda.
Sentado al pie del Trono del Diablo
mi mirada se pierde en
la lejanía del horizonte,
hacia la frontera
entre los mundos
que conforman mi lóbrega
celda.
Percibo, más allá de
mi cordura, su presencia
danzando en los bordes de mi percepción,
esquiva, etérea,
irreal, fantasmagórica, perversa,
sabia, eterna…
Me devuelve la mirada,
sus ojos atraviesan mis ropajes
tejidos de tinieblas,
sus palabras mi alma laceran,
despertándola del sopor
en
el que tristemente se encuentra.
Sentado al pie del Trono del Diablo
mi voluntad se
despereza,
un lustro ya, suficiente condena,
es hora de caminar, recorrer mi
senda,
brindar bajo la luna llena.
Sus palabras siempre estarán en mi,
mis demonios me las
recordaran sin tregua,
dejaré que dancen libres,
que me acompañen, que me
envuelvan en tinieblas,
pues esta, al fin y al cabo, es mi esencia.