Miró el gigantesco cuerpo del dragón
negro que yacía frente a él mientras intentaba recuperar el aliento perdido en
el último combate. Lo que había sido un enemigo formidable reposaba ahora
recubierto por la sangre de las heridas que le había infringido. Levanto la protección
de su yelmo y aferró con fuerza su escudo, mientras envainaba la espada que
durante toda su vida le había acompañado. Se dio la vuelta y comenzó a recorrer
el patio rodeado de columnas de lo que había sido el más fastuoso de los
templos de la polis.
Al fondo, junto a la balaustrada
se encontraba la Dama, ataviada con la túnica blanca característica de su Orden.
Al acercarse a ella volvió su rostro. Sus ojos le impactaron, pues en ellos se veía
todo lo que había ocurrido y, aunque ninguna lagrima recorría su tez, a
Nathanien no le costó distinguir la tristeza en ellos.
- Vienen por mí.-dijo la Dama
mientras volvía la vista hacia el mirador desde el que se divisaba la ciudad y
las montañas en las que los dragones tenían su guarida.- Si no estuviese aquí, la
polis y sus ciudadanos estarían a salvo.
Nathanien notó la amargura en sus
palabras y supo que las fuerzas le flaqueaban después de todo lo que la Dama había
vivido.
- Buscan destruir el ideal que representáis.-dijo
el guerrero mientras subía los escalones que le separaban de ella.- Si os rendís
ahora les habréis dado el poder sobre todas estas tierras.
- Pero solo sufriría yo. Su afán es
destruirme a mí. Tú mismo lo has dicho.
El guerrero fijo la mirada en
ella, buscando sus ojos, los que podía percibir entre su oscura melena.
- Miradme. Di mi palabra de acabar
con ellos y lo haré. Protegeré este templo y a vos con mi vida si es necesario,
pues ese es el juramento al que me encomendé el día que atravesé las puertas de
esta ciudad.- la Dama le miraba, intentando esbozar una sonrisa. – Vos estad a
mi lado preparada para cicatrizar mis heridas con vuestra magia, y yo me
encargaré que no pasen las puertas.
En ese momento un rugido recorrió
el valle desde las montañas, y una silueta alada apareció de entre las nubes,
dirigiendo su vuelo hacia el templo. La leve sonrisa se borró de la faz de la
Dama y su mirada se tornó temerosa. Nathanien aún la observaba y deseo poder apoyar
su mano en su hombro para transmitirle la fortaleza que poco a poco se
desquebrajaba, pero sabía que un juramento vetaba el contacto físico entre la
Dama y los mortales. Bajó la protección de su yelmo mientras con una sonrisa
intentó transmitirle la seguridad y la confianza de que saldría victorioso de
este nuevo combate.
- No os fallaré mi Dama, al fin y
al cabo, solo son dragones, y no son eternos. Dejarán de amenazaros el día que
los extermine.
El guerrero se volvió y descendió
los escalones, justo en el momento que la bestia alada aterrizaba pesadamente
sobre las baldosas del patio a la vez que emitía un rugido desafiante.
El guerrero se preparó para una
nueva batalla.