viernes, 9 de octubre de 2015

Leyendas de los Reinos del Dragón - La Dama y el Matadragones.

Miró el gigantesco cuerpo del dragón negro que yacía frente a él mientras intentaba recuperar el aliento perdido en el último combate. Lo que había sido un enemigo formidable reposaba ahora recubierto por la sangre de las heridas que le había infringido. Levanto la protección de su yelmo y aferró con fuerza su escudo, mientras envainaba la espada que durante toda su vida le había acompañado. Se dio la vuelta y comenzó a recorrer el patio rodeado de columnas de lo que había sido el más fastuoso de los templos de la polis.

Al fondo, junto a la balaustrada se encontraba la Dama, ataviada con la túnica blanca característica de su Orden. Al acercarse a ella volvió su rostro. Sus ojos le impactaron, pues en ellos se veía todo lo que había ocurrido y, aunque ninguna lagrima recorría su tez, a Nathanien no le costó distinguir la tristeza en ellos.

- Vienen por mí.-dijo la Dama mientras volvía la vista hacia el mirador desde el que se divisaba la ciudad y las montañas en las que los dragones tenían su guarida.- Si no estuviese aquí, la polis y sus ciudadanos estarían a salvo.

Nathanien notó la amargura en sus palabras y supo que las fuerzas le flaqueaban después de todo lo que la Dama había vivido.

- Buscan destruir el ideal que representáis.-dijo el guerrero mientras subía los escalones que le separaban de ella.- Si os rendís ahora les habréis dado el poder sobre todas estas tierras.

- Pero solo sufriría yo. Su afán es destruirme a mí. Tú mismo lo has dicho.

El guerrero fijo la mirada en ella, buscando sus ojos, los que podía percibir entre su oscura melena.

- Miradme. Di mi palabra de acabar con ellos y lo haré. Protegeré este templo y a vos con mi vida si es necesario, pues ese es el juramento al que me encomendé el día que atravesé las puertas de esta ciudad.- la Dama le miraba, intentando esbozar una sonrisa. – Vos estad a mi lado preparada para cicatrizar mis heridas con vuestra magia, y yo me encargaré que no pasen las puertas.

En ese momento un rugido recorrió el valle desde las montañas, y una silueta alada apareció de entre las nubes, dirigiendo su vuelo hacia el templo. La leve sonrisa se borró de la faz de la Dama y su mirada se tornó temerosa. Nathanien aún la observaba y deseo poder apoyar su mano en su hombro para transmitirle la fortaleza que poco a poco se desquebrajaba, pero sabía que un juramento vetaba el contacto físico entre la Dama y los mortales. Bajó la protección de su yelmo mientras con una sonrisa intentó transmitirle la seguridad y la confianza de que saldría victorioso de este nuevo combate.

- No os fallaré mi Dama, al fin y al cabo, solo son dragones, y no son eternos. Dejarán de amenazaros el día que los extermine.

El guerrero se volvió y descendió los escalones, justo en el momento que la bestia alada aterrizaba pesadamente sobre las baldosas del patio a la vez que emitía un rugido desafiante.


El guerrero se preparó para una nueva batalla.

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