“No sabemos lo que tenemos hasta
que lo perdemos”. Así reza una conocida frase del saber popular que,
normalmente, solo aplicamos a aquellas cosas que nos aportaban algo positivo a
nuestra vida y que, por no saber cuidarlas o apreciarlas en su justa medida,
acabamos haciendo que se alejen de nosotros irremediablemente.
Pero, ¿qué pasa con aquellas
cosas que no nos aportan algo positivo, si no que al contrario, son
perjudiciales para nuestro desarrollo personal? ¿Valoramos su pérdida de igual
medida? ¿Nos damos cuenta de lo valiente que muchas veces tenemos que ser para
poder quitarnos esas losas que aprisionan nuestro corazón, nuestra esperanza o
la comisura de nuestros labios impidiendo que podamos sonreír? Yo creo que muchas
veces esto no se valora de igual manera. Quizás porque estamos obcecados en
eliminar ese obstáculo para darnos cuenta de todas las puertas que se nos abren
en nuestra vida sin el.
Otras veces nos cuesta dar el
paso, por miedo, porque vivimos en una inercia, por pena o, peor aún, porque no
sabemos (o no queremos) identificar esa losa que nos arrastra a una realidad
que, simplemente, sabemos que no queremos vivir.
Pero hay otro aspecto que
requiere un mayor coraje para poder afrontarlo. ¿Nos planteamos en algún
momento en que podemos ser nosotros esa losa que lastra esa relación? Y no
hablo de relaciones de pareja, si no de cualquier tipo de relación humana que
entablamos en nuestra vida, ya sea una pareja, una amistad o una relación de
trabajo.
Muchas veces he escuchado de boca
de gente que tiene (la suerte de estar en) pareja la misma frase: “no sabes lo
bien que se está solo”. Y muchas veces me hago las mismas preguntas, ¿esa
persona valora a su pareja? ¿Se ha planteado alguna vez si de verdad hace feliz
a la persona que está a su lado? ¿Alguna vez tendrá el valor de ponerse ante un
espejo y pensar si es una losa? ¿Alguna vez dirá “no sabes lo bien que se está
sin amigos”?
Y creo que eso deberíamos hacer
con nuestras relaciones humanas, ser lo suficientemente valientes como para
identificar si somos una losa o una ayuda, si sumamos o restamos. Y si no
podemos aportar, debemos tener el valor para alejarnos de esa persona y
permitirle que vuelva a ser feliz, porque nosotros no tenemos nada con lo que
podamos ayudarla a crecer. Pero si, por el contrario, nos damos cuenta de que
aportamos algo a esa persona, y ella así lo percibe también, debemos dar lo
máximo de nosotros para que esto siga siendo así, retroalimentándonos de esa aportación
que la otra persona hace hacia nosotros mismos, pues, al fin y al cabo, los
sentimientos son parecidos a la energía, que nunca se destruye, si no que se
transforma. Ya sabemos que del amor al odio hay un paso.
Ahora detente un momento, piensa
de manera sincera en qué sientes por esa persona que está a tu lado, esa
persona que camina contigo cada día por la senda de la vida. Y pregúntale qué
siente ella, aunque ya creas que lo sabes. Y ahora repasa una por una esas
personas a las que consideras tus amistades, pregúntate que sientes por ellas y
que crees que sienten por ti, y poco a poco averígualo. Posiblemente sea una
tarea difícil, porque nos arriesgamos a saber cosas que no sabíamos, que creíamos
que eran distintas, siempre y cuando esas personas tengan el valor de ser
sinceras al respondernos.
Esto puede que nos lleve a tener
que realizar lo más complicado de las relaciones humanas. Romperlas. Pero no
siempre es difícil. Cuando sentimos que esa relación es perjudicial para
nosotros, y nos mentalizamos de ello, es más sencillo que cuando nos damos
cuenta de que nosotros somos la parte perjudicial para esa relación y somos
conscientes de que lo mejor que podemos hacer es decir adiós para ayudar a la
otra persona. Para eso hay que tener una gran humildad, valor y amor hacia la
otra persona.
En resumen, valoremos las cosas
buenas que tenemos, hagamos que se sientan valoradas y cuidémoslas, pues el
tiempo es finito y cada día que podemos disfrutar de una sonrisa sincera, una
caricia o de la mera presencia de alguien que nos aprecia, estamos recibiendo
un valiosísimo regalo. Y, precisamente porque el tiempo es finito, alejémonos de
aquellas personas que no nos aportan, y tengamos el valor de alejarnos de
aquellos a los que no aportamos para que puedan crecer junto a aquella persona
al otro lado de su hilo rojo…aunque eso implique que tengamos que recorrer el
camino de la soledad, una soledad que recorreremos sabiendo que hemos hecho lo
mejor para esa persona.
No hay comentarios:
Publicar un comentario