El cielo estaba coronado con luna llena, las estrellas, como lágrimas, brillaban ante el paso sagrado. Escoltado por tambores y cornetas procesionaba el Cristo de los Gitanos.
El frió de la noche se mezclaba con el calor de los corazones, que se estremecían ante el fervor de todo un pueblo, el gitano.
Fué bajo esta luna y ante el Cristo donde los dos corazones se encontraron, para sellar, sin saberlo, un destino marcado, ella era paya, el, un ferviente gitano.
Durante toda la noche los dos amantes por la ciudad andaluza vagaron, hablando, conociéndose, poco a poco enamorándose... Cada minuto les acercaba al alba, por cada palabra, la noche avanzaba, y al amanecer tendrían que volver. Tal vez, nunca más se volverían a ver...
Sus pasos les llevaron a la playa, allí se sentaron, ante el inmenso mar Mediterráneo, para ver morir la noche, para los últimos minutos en paz disfrutar. El tiernamente la abrazaba, sin quererla perder. Ella, en silencio rezaba, por volverle a ver.
Pero como todo amor se vió puesto a prueba, la Muerte, esa noche, cabalgo por la Malagueta.
Su hermano los encontró, ella abrazada a un maldito gitano. Sorprendidos, los amantes se separaron. El payo sacó navaja, no fue menos el gitano, y en la playa pelearon. Uno por odio, otro por amor, el corazón buscaron.
Por un triste llorar la suerte fue echada, por mirar a su amante el corazón del gitano fue atravesado, regando con su sangre la arena malagueña, y el mar Mediterráneo.
El gitano permanecía arrodillado, viendo con rabia que le habían matado. Su amante lloraba abrazada a él, mezclando sus lagrimas con la sangre de su gitano. Entre sollozos le juro amor, más que a cualquier payo, y en un último beso, los amantes su juramento sellaron.
Al ver lo que había hecho, el asesino comprendió, y como un loco por las solitarias calles corrió, llorando, maldiciendo, con el pesar de haber robado una vida, un corazón enamorado.
Su locura le llevó ante un Cristo, se arrodillo orando, implorando el perdón, con las manos aun manchadas de la sangre del gitano.
El alba por Almería ya despuntaba y en la playa una vida se apagaba, los amantes susurraban, como si nada pasara. Y en una iglesia un payo confesaba, y recibía el perdón ante un gitano, que sus lagrimas derramaba por haber perdido a un hermano.
Ante el Cristo de los Gitanos encontraron al infeliz payo, que a la Guardia Civil fue entregado para, sin rencor alguno su pena cumplir. Había cometido el más brutal de los asesinatos, había matado a un hermano solo por haberse enamorado.
Y así acaba otro triste capítulo protagonizado por payos y gitanos.
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