miércoles, 18 de mayo de 2011

Leyenda Sevillana

En la cripta el solo habita, en la cripta donde su amor yace, fría, pálida como la luz de la luna llena, muerta como su alma.

Solo desea morir, morir para estar con ella en el Más Allá, morir para no vivir en la miseria. En silencio observa su cuerpo, tendido ante el, la belleza de la muerte, la belleza que atrapo su corazón. Siente pena, odio, cólera, furia, desea sentir el frió halo de la muerte apoderarse de su corazón, que el gélido toque de la encapuchada le atraviese y enfrié su amor.

El silencio es su único compañero. Sus pensamientos vagan en los recuerdos de su juventud, cuando conoció a este ángel de Dios, este ángel que ahora ha sido arrancado vilmente del mundo por su creador. El odio se convierte en palabras..."¡Yo te maldigo, Dios de los Hombres!¿Eres tu el Padre Misericordioso del que hablan?¿Que padre puede acabar con la vida de alguien como ella?¿Que padre puede sumir en esta desgracia a su hijo? Al menos concédeme la muerte, quiero morir...¡Quiero volver a verla...!"

La luna ilumina su figura oculta bajo la capa. El hombre abandona la cripta, ningún ser vivo hace ruido esa noche. Por las calles sevillanas, solo el sonido de sus pisadas y el entrechocar de su espada toledana, rompen el lóbrego silencio de la noche estrellada. Va en busca de la muerte, va a entregar su alma, va a retar al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo.

En la catedral entra y al altar mayor se dirige. En la nave le observan los santos, desde las alturas donde descansan. El Cristo crucificado, piadoso le mira. "¡Señor, aquí estoy para morir, para reunirme con mi amada!" Nadie contesta, solo el eco de su voz desesperada. Lágrimas brotan de sus ojos y por sus mejillas resbalan, hinca al suelo su rodilla y la cara con las manos se tapa. "¡Solo con ella quiero estar...! Solo con ella que su corazón me entregaba...¡Te la llevaste en la flor de la vida!¡Nunca le diste nada!...¡Reniego de ti, Padre! ¡Reniego de mi alma! ¡Deseo bajar a los Infiernos! ¡Reto aquí a los muertos! ¡Demonios y seres de la noche, venid para llevarme a vuestra morada...! Pues en el cielo no podría estar con ella, sin besarla, sin tocarla...la quiero volver a sentir entre mis brazos, la quiero con toda mi alma. Yo le di mi palabra, solo tu Ana, solo tú, belleza andaluza, nadie mas oirá estas palabras...¡Pero ahora está muerta! ¡Ahora yace fría y sola en la cripta! ¡Tú, maldito Dios! ¡Tú, demonio de dos caras! ¡Tú la mataste! ¡Tú te la llevaste!"

Las velas son mudo testigo de su infamia. Entre sollozos se levanta y del Cristo se aleja. Ahora sabe que en el mundo solo estará, sin alma, con el doloroso recuerdo de su joven amada, con el doloroso recuerdo de un ángel de Dios, al que un día conoció, al que un día amó. Por las calles de Sevilla se pierde, ocultándose en las sombras, al puente se dirige. El sol no volverá a tocar su cara.

En la catedral sevillana un susurrante sollozo se escucha, el Cristo derrama sus lágrimas. Un hijo ha perdido esta madrugada.

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