Los primeros rayos del alba iluminaban la pira, sobre ella el cuerpo de Dana, princesa de Eliam, descansaba envuelto en el sudario.
Cientos de antorchas rodeaban el montículo funerario. Lentamente, uno de los entorchados se acercó y, bajando lentamente la tea ardiente, prendió el armazón de madera. Las llamas se expandieron rápidamente ayudadas por el viento que soplaba del norte, de las montañas que habían visto nacer al guerrero que ante la hoguera lloraba.
Con la cabeza gacha, Nathanien, Señor de la Manada del Lobo, lloraba amargamente ante sus hermanos, recordando los años en los que ella, su amada, selló con él el mayor de los juramentos, el de amor eterno.
Encolerizado, desenvainó su espada y, mirando al sol naciente, y con la fuerza de cien hombres, gritó de tal forma que hasta en los confines del mundo se oyó su lamento:
- ¡Que el Hades abra sus entrañas, que los cielos vomiten sangre y fuego, que Cancerbero devore mi cuerpo e impida mi regresar...! ¡Porque si vuelvo a cabalgar mi negro caballo, si mi espada vuelvo a empuñar, no quedará en este mundo ni dios ni hombre que me hiciese llorar, porque mi venganza será guiada por mi rabia y la furia marcará mi caminar!
Sus palabras fueron transportadas por el viento, y hasta los dioses las oyeron. Y empezaron a temer a ese mortal capaz de desafiarles, a ese mortal que, arrodillado ante la pira de la que fuese su amor, su alma encomendaba a Selene y su sangre al gran lobo Fenris.
En silencio la Manada se alejó de la ardiente pira con el sol a sus espaldas. El primero de los jinetes aún tenia el sabor salado de sus lágrimas en el recuerdo. Su pelo, negro como la noche, le azotaba el rostro. En sus ojos solo se veía furia, y si se hubiese podido ver su corazón, latiría con la fuerza de la venganza.
Cuando la Manada entró en el valle el cielo estaba teñido en sangre, y las primeras estrellas ya brillaban en lo alto de las montañas.
Allí donde se había erigido la ciudad de Eliam solo quedaban ya ruinas; aún no se había extinguido el fuego, y el hedor a sangre coagulada y a vísceras les llegaba a los jinetes, haciendo aún más fuerte el deseo de venganza contra aquel ser que había provocado tal matanza.
Con un gesto de su líder, los jinetes se desplegaron en semicírculo, abarcando así gran parte de la semiderruida muralla. Buscaban el rastro de la hidra.
El silencio se hizo dueño y señor del valle. El sol lentamente desapareció y la dama plateada se hizo reina de la bóveda celestial. Su enorme esfera iluminaba a sus hijos y les infundía el valor para la batalla que se avecinaba.
Entonces se rompió el silencio. De entre las cercanas ruinas de un templo, la enorme bestia se elevó, emitiendo un grito capaz de helar la sangre de cualquier hombre.
Sin tiempo para reaccionar diez jinetes se vieron en el suelo, exhalando su último aliento. Ofreciendo su alma a Selene, la Manada se abalanzó contra el Mal enviado por los dioses. En un único aullido de rabia, los jinetes arremetieron contra la hidra y, mientras esta los devoraba, las espadas de los hijos de Selene cercenaban sus cabezas.
La sangre les impregnaba el cuerpo, los caballos tropezaban con los cadáveres de jinetes muertos, la hidra gritaba herida y Nathanien más que nadie, clamaba por la venganza.
Una y otra vez su espada se hundió en el cuerpo de la bestia, desgarrando músculos y tendones hasta lograr reventar su corazón. Entonces la hidra cayo muerta.
La Manada se fundió en un solo grito de victoria, alzando sus armas en honor a la diosa lunar que les había protegido en la batalla.
Y en algún lugar, muy lejos de allí, los dioses se comenzaron a preparar. Un mortal había jurado acabar con ellos, y en poco tiempo, la verdadera batalla iba a comenzar.
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